De haber sabido que tu costilla me costaría el corazón, hubiera preferido ser invertebrado.
once diez de la mañana, caminé muchos kilómetros. Sabía que hacerse ilusiones, era estúpido. Yo haría un examen, a la una de la tarde, quizá lo hubiera hecho él, pero no había estética, y la fuerza de gravedad de aquel día era muy pesada, no había señales. Lo miré con esos ojos que no son míos, sino de él, le dije que tenía sueño. En todo caso, no era recomendable haber salido, iba a ser inhóspito a la razón, él ya no está y aún quedan rastros de sus ideales. Buscando a usted, todos los amantes bailan, están llenos de concupiscencia, pasión, en los rincones; seducciones, hay una exquisita debilidad, en medio de las frívolas y macabras noches arrabaleras .
El caso aquí es que él, era un novelista francés, le traía de cabeza, le traía café porque en la boca llevaba el alcohol, perdía el control con esa…, aquella impúdica mano que me dijo adiós, la muerte rondaba cerca. Su alma tenía que entregar historias aledañas. No era inmune al amor, al dolor, debo admitir que el amor murió en la tarde, en medio de un día muy soleado, se dio la media vuelta, y se fue.
Lo que ahora me interesan son otras cosas, como
aventar la piedra y esconder la mano. ¿Qué? ¿Está mal? Sí, ya me lo habían
dicho, pero es que la última vez que me escribió dijo que yo le quitaba el
miedo, que ya podía ver la luna, que estaba tranquilo y, pues, saber eso me
hizo feliz. Bueno, eso creía, por eso ahora me interesan otras cosas. Quizá
tener un hijo e irme donde nadie me conozca, leer un libro de pasta
dura y comprar otros cuatro, no leer dos, medio leer uno, perder el otro. Pasar
por aquí me pone triste, sobre todo cuando recuerdo que él siempre me pedía que
si moría rezara por él. En el fondo él sabía que no lo haría, que no le creía,
que estaba loco, se le safó un tornillo. –Sí, yo rezaré por ti, pero tú no vas a morir,
¿verdad?– No, mi pescadito de azúcar, no dejes de escribirme.
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