Dios bendiga a quienes hoy lloramos, porque
somos cortos en tu luz misteriosa y porque no entendemos la distancia
que separa los átomos de la creación del universo, porque seguimos sin
saber si éste es otro de tus pases mágicos y si estás a punto, grandiflorum,
de saltar de la chistera en tu disfraz de oso.
No tienes corazón, oí que decía a mis espaldas. Ya no lo tenía, en efecto. Aquel espacio de sufrimiento y plenitud ya no
ocupaba mi pecho, que ya no se sentía nunca más ni dañado ni irrigado.
En su lugar, había una bomba mecánica fácil de ignorar, ni yo tengo corazón, ni tú. ¡Como dueles joven extranjero!. Realmente pesa tu recuerdo, tu inventiva y tus largas manos intentando abarcar el
mundo. Aún penetra tu voz cargada de caracoles y sombras; que
nos explicó el pasado y la geografía de Bulgaria, la Revolución Mexicana, el romanticismo tardío, los trenes, Allen Ginsberg y el verano sueco.
Mi querido cielo, mi querida roca, mi querido río, mi
querido crisantemo, mi querido Erithacus rubecula, colibrí, gaviota, cardenal en
la nieve, pájaro carpintero. Mi amado Dios, mi querido campo de trigo, mi querida
estrella, mi querido universo imploro clemencia al dolor del corazón y sanación necesaria.
Hay un cuarto en mi casa, comida en
mi mesa, siempre una copa y la pista de baile. Jarvis Cocker y los
Tenenbaum hasta el amanecer. Pero si no llegas colibrí, si te pierdes un
día y dejas de contestarme el teléfono, igual te sigo esperando y
presumiéndole a todos que te conozco; y que como tú, soy un miembro del Club Astronómico y de que incluso, ya aprendí sobre la mecánica celeste.
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