Mi querido amigo próximo, entendería que te sientas soñado, aunque sería una pesadilla, si pudieses, por fa, revuelve la vida. Hay gente que es torva y que también estorba. Vago sin norte, sin liquidez, sin pasaporte lo único que sé es que el ajedrecista nunca supo que, para el tiempo, él era el rey al que había que matar. La ciudad no sabe nada de estas cosas.
De noche mi otro yo sale por la ventana. Deberás hacerte cargo, ciudad, de mí. Yo sin Adán:Orar apenas es reconocerse, sané; parar o nada, ni soy. Quiero un amigo en la ciudad, un amigo que me lleve a paso de Cortés a ver el amanecer, a un concierto por la noche, al café Jarocho, al que está en La Roma, en La Condesa, en Santa Fe. Que me haga un té de ajenjo a las 3:50 de la madrugada.
Un amigo que se responsabilice de mi suerte una tarde de tristeza, que venga a contarme infinidades literarias de una forma única y especial. Un amigo que me lleve a su casa a escuchar un disco, a bailar un tango. Un sábado podríamos ir a C.U., pero en transporte público, colectivo, eso lo haría más emocionante hasta su casa. Sentarnos en el cordón de la vereda mientras masca un chicle de yerbabuena o menta. Buscar gatos, aves. Ponerme su abrigo, ese abrigo del cual le diga a una amiga que tiene el mismo que ella, o al menos similar, y al atardecer por la calle Madero, remangar las mangas de tan largas.
Él ese poema es: el árbol, obra le sé; ame o pésele... Y cuando sienta que se me está saliendo el corazón, es porque ese amigo mío le regaló unas alas.
Un aforismo es un baile entre dos ideas. De igual manera podríamos comer bagettes y beber café, limonada, coca-cola, subir a la azotea y poner All you need is love muy alto, o Born To Die, pero sería mejor con French Navy, emborracharnos un día que estuviéramos tristes para acabar más tristes o un día que estuviéramos alegres para acabar más alegres. Quiero un amigo en la ciudad para poder caminar de noche y esperar que pasen las cosas que pasan por la noche cuando caminas de noche. Alguien en cuyo hombro recostarme en el bondi volviendo de madrugada de Ámsterdam escuchando Careless Love. A veces sería domingo, llovería y comeríamos pizza recién amasada. A veces no nos veríamos en mucho tiempo y mi amigo se quedaría en casa hasta que me durmiera. No tiene que ser tan difícil conseguir un amigo en la ciudad.

A quién le molestaría hacer estas cosas conmigo. Quién no querría acompañarme un jueves sí, pero el jueves siguiente no, a los conciertos de bandas extrañas que suelen gustarme, a la biblioteca. Es absurdo hacer todas esas cosas, sola. Se ensancha la soledad, se cierran las puertas de la boca. Ahora es jueves y yo estoy sola en la cocina, con el tic-tac y el ruido consabido a motor de frigorífico. Si tuviera mi amigo él me rescataría o yo podría rescatarlo a él, cruzar tres veces seguidas 16 de septiembre, felices, arrebolados, ir a una casa donde fuéramos los payasos y la comidilla, mirarnos a los ojos en el trolebús sin saber, ver una película horrible, esperar a que sean las cuatro o las seis.
Si existiera mi amigo en la ciudad, mañana será viernes, por la tarde habría un café asegurado, un banco en el Parque España. Pero no hay un amigo para mí en la ciudad, y yo no me atrevo a pedírselo a nadie. Muchas de estas cosas ya las hice, pero quiero siempre repetir, quiero todo lo demás. Tengo miedo de habernos perdido. México bandolero, devuélveme a mi amigo.

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